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Un círculo, una cruz, unas ondas, un cuadrado, una estrella. En la década de 1930, el psicólogo perceptual Karl Zener intentaba demostrar científicamente la existencia de la telepatía y la clarividencia. Para ello, junto al parapsicólogo J. B. Rhine, diseñó una baraja de cartas compuestas por estas figuras para desarrollar experimentos en los que distintos sujetos trataban de adivinar o comunicarse telepáticamente los símbolos, asociados desde entonces irremediablemente a la percepción extrasensorial. Las pruebas, fácilmente manipulables, fueron duramente criticadas en su momento. Zener y Rhine, finalmente, abandonaron sus estudios.

Ochenta años después, el mago y mentalista Derren Brown selecciona a una estudiante de psicología para realizar un experimento. Ambos tienen un juego de cartas Zener con un círculo, una cruz, unas ondas, un cuadrado y una estrella. La joven no sale de su asombro: Brown consigue adivinar todas sus elecciones. ¿Poderes telepáticos? Nada más lejos de la realidad, la clave se encuentra en la sugestión y la lectura del lenguaje corporal.

La creencia en las capacidades extrasensoriales, aún hoy en día no demostradas de manera definitiva por la ciencia, ha sido utilizada por psíquicos y magos a lo largo de la historia. Los primeros se atribuían poderes innatos y muchas veces se relacionaban con el mundo de espiritistas y médiums que tan de moda estuvieron tras la I Guerra Mundial y a los que con tanto empeño el mago Harry Houdini se dedicó a desenmascarar. Los otros, completamente integrados en el mundo del espectáculo, no tenían problemas en reconocer que se servían de trucos y de manipulación psicológica. Sin embargo, el avance tecnológico nos está acercando a una realidad que parecía tan solo superchería o ciencia ficción: la capacidad de comunicarnos telepáticamente utilizando chips implantados en nuestro cuerpo.

Los cerebros “biodigitales” llevan años siendo una realidad. En 2015, más de cuatrocientos mil personas tenían un dispositivo digital en sus cabezas, no solo en los nervios auditivos o en los ópticos, sino directamente dentro del tejido cerebral. En la mayoría de casos, su uso está enfocado a mejorar la vida de aquellos con enfermedades como el Parkinson o distintos tipos de parálisis, como en el caso de Erik Sorto, un hombre tetrapléjico que es capaz de mover un brazo robótico mediante su pensamiento gracias a un dispositivo creado por Caltech. Además de reconocer el tremendo avance que en materia de sanidad suponen estos implantes, otros científicos se atreven a ir más lejos e imaginar una sociedad de ciborgs (organismos cibernéticos) en los que nuestras capacidades innatas se vean mejoradas y ampliadas.

Quizás la figura más reconocida y controvertida en este ámbito sea la del británico Kevin Warwick, quien durante años fue profesor de cibernética en la Universidad de Reading. Un adelantado a su tiempo, comenzó una serie de investigaciones en torno a la implantación de dispositivos en los nervios de su brazo izquierdo con el objetivo de enlazar su sistema nervioso directamente a un ordenador. Así consiguió en 1998, y durante nueve días, convertirse en un ciborg al portar un chip que le permitía ser localizado al instante o encender y apagar luces. El verdadero salto lo daría en 2002, cuando otro chip, también en su brazo, le permitió enviar señales que un ordenador podía reconocer y decodificar, llegando incluso a mover un brazo robótico. Su mujer también se sumó al proyecto y se implantó un dispositivo conectado a su mano, con lo que cada vez que esta la abría o cerraba, Warwick notaba las pulsaciones como una caricia producida con telequinesia.

La postura del británico y la de otros colegas, como los que han fundado la Fundación Ciborg, es clara: pronto seremos capaces de controlar la tecnología con el pensamiento y, entre seres humanos, los implantes harán innecesaria la comunicación verbal o escrita. Tan sólo con el pensamiento seremos capaces de entender a un ser querido o a nuestro compañero de trabajo. Tras pasar del mundo de la superstición al de la magia de salón y gracias a la ciencia, la telepatía se convertiría en toda una revolución en el ámbito de las telecomunicaciones, un gran salto evolutivo para el ser humano. Si nuestra sociedad de no-ciborgs está preparada para ello, ética y moralmente, es otra historia.

 

Si os interesa el universo de las telecomunicaciones no podéis perderos nuestra exposición permanente, y si os fascinan tanto la magia como la ciencia a partir de mañana 10 de febrero podréis visitar ‘Houdini. Las leyes del asombro’, una muestra en la que lo sobrenatural se enfrenta con la magia como espectáculo científico.