Cuando el libro se publicó en Estados Unidos en 1959, la crítica especializada lo recibió como una afrenta. La revista Popular Photography describió sus imágenes como «opacas, borrosas, con horizontes distorsionados y en general descuidadas». Pero lo que de verdad resultaba insoportable no era la técnica. Era lo que mostraban. Para entender por qué, hay que analizar el momento en que aparecieron.

La América que necesitaba verse perfecta

Estados Unidos en 1955 no era un país cualquiera: era el vencedor de la Segunda Guerra Mundial, el modelo del mundo libre y el escaparate del capitalismo frente al comunismo soviético. El país vivía instalado en una narrativa oficial de progreso, prosperidad y familia feliz. La televisión, la publicidad y la prensa trabajaban sin descanso para sostener esa imagen. Frente a la Unión Soviética —asociada a la pobreza, el autoritarismo y el colectivismo—, Estados Unidos necesitaba creer en su propio relato, y necesitaba que el resto del mundo también lo creyera. Mostrar las grietas no era solo incómodo, sino que también podía interpretarse directamente como antipatriótico.

En ese clima, las imágenes de Robert Frank eran una provocación para el relato estadounidense: segregación racial en un tranvía de Nueva Orleans, funerales pobres en los estados del sur, bares solitarios a medianoche, banderas americanas que tapan más de lo que iluminan. No había en ellas ni triunfo ni celebración. Había otra cosa: la realidad de un país que prefería no verse en ese espejo.

La mirada del que llega de fuera

Frank no era estadounidense, y eso lo cambia todo. Había nacido en Zúrich en 1924 en el seno de una familia judía acomodada. Su padre, de origen alemán, había perdido la nacionalidad por las leyes antisemitas y tuvo que solicitar la ciudadanía suiza para él y para sus hijos. Aunque Suiza permaneció neutral durante la Segunda Guerra Mundial y la familia estuvo a salvo, la amenaza nazi dejó una marca imborrable en la sensibilidad del joven Frank: una comprensión visceral de lo que significa ser el otro, el que no encaja, el que observa desde el margen. Esa experiencia temprana nunca lo abandonó.

Cuando emigró a Estados Unidos en 1947, lo hizo con los ojos de quien llega de fuera y no tiene por qué aceptar el relato oficial. Al principio, como le ocurre a tantos recién llegados, fue optimista. Pero esa visión fue cambiando rápidamente a medida que se enfrentaba a la velocidad frenética de la vida americana, a lo que él percibía como una obsesión desmedida por el dinero y, sobre todo, a la profundidad del racismo, que lo dejó genuinamente impactado. Empezó a ver Estados Unidos como un lugar a menudo triste y solitario. Y decidió fotografiarlo exactamente así.

En 1955 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim para recorrer el país libremente durante dos años. Condujo por unos 30 estados, a veces solo, a veces con su familia, y realizó cerca de 28 000 fotografías. El recorrido no estuvo exento de incidentes: en Arkansas fue detenido por la policía de forma arbitraria, encarcelado brevemente bajo sospecha de espionaje y obligado a abandonar el lugar.

La generación beat y el único aplauso que importaba

La generación beat fue el único núcleo cultural que recibió el libro con entusiasmo desde el principio, y no es difícil entender por qué. Escritores como Jack Kerouac o Allen Ginsberg compartían con Frank esa desconfianza profunda hacia el optimismo oficial, esa necesidad de mirar debajo de la superficie brillante de la América de posguerra. La generación beat no quería cambiar la sociedad: quería eludirla, crear una contracultura propia, nombrar lo que nadie quería nombrar.

Kerouac, que era en ese momento la figura más influyente de ese movimiento —el autor de En el camino, la novela que había convertido la carretera americana en metáfora de libertad y desencanto—, prologó la edición americana del libro y lo describió como «un triste poema de Estados Unidos plasmado en fotografía».

No era casualidad tampoco que el libro encontrara su primer hogar en Europa. Les Américains se publicó por primera vez en París en 1958, editado por Robert Delpire, el mismo responsable de fotolibros históricos de Henri Cartier-Bresson y Josef Koudelka. La distancia geográfica permitía leerlo sin la incomodidad de verse retratado. En Estados Unidos, la recepción inicial fue mucho más hostil, aunque las ventas fueron creciendo progresivamente, en buena medida gracias al impacto cultural que representaba Kerouac en ese momento.

Lo que el tiempo hizo con las imágenes

La historia terminó dándole la razón a Frank; a finales de los años sesenta, el mundo de la fotografía ya había comenzado a reconocer la importancia del proyecto. En las décadas siguientes, Los americanos transformó la manera de trabajar de generaciones enteras de fotógrafos: demostró que el viaje por carretera podía ser una forma legítima y fructífera de retratar un país, que la revisión de la subjetividad no era un defecto sino una herramienta y que la fotografía podía ser simultáneamente arte, política y poesía.

Pero el giro más profundo llegó con el cambio de siglo. A medida que Estados Unidos fue revisando su propia historia y empezó a ver los años cincuenta no como una era de consumismo feliz, sino como un período de ansiedad, paranoia y desigualdad estructural, las imágenes de Frank adquirieron un estatus completamente nuevo. Lo que había sido una declaración contracultural pasó a leerse como un registro histórico de primer orden: el testimonio de un país dividido visto por alguien que no tenía ningún interés en disimularlo.

Siete décadas después, las fotografías siguen produciendo esa misma reacción instantánea y personal que el propio Frank describió antes de publicar el libro: «Es importante ver lo que es invisible para los demás. Quizás la mirada de esperanza o la mirada de tristeza». No era un manifiesto. Era algo más difícil: una declaración de honestidad.