05.06.2026

Cuando los secretos de internet dejen de ser secretos

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Foto de sala de la exposición Revolución Cuántica en Espacio Fundación Telefónica
Foto de sala de la exposición Revolución Cuántica en Espacio Fundación Telefónica

La cuántica es cotidiana. Cada día realizamos un buen número de gestos, de acciones comunes, que dependen de algo que apenas vemos. Consultamos nuestra cuenta bancaria, enviamos mensajes, hacemos compras online, accedemos a servicios públicos o almacenamos fotografías y documentos en la nube. Todo parece sencillo, casi automático. Pero, detrás de cada una de esas acciones, existe un complejo sistema diseñado para proteger nuestra información. Un sistema que, desde hace décadas, sostiene buena parte de la confianza sobre la que se construye internet.

La mayoría de nosotros nunca pensamos en ello y, sin embargo, la seguridad digital es una de las infraestructuras más capitales de nuestra sociedad. Ahora, la computación cuántica nos obliga a cambiar algunas de sus reglas fundamentales.

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El gran truco que protege internet

Puede parecer sorprendente, pero buena parte de la seguridad digital actual descansa sobre una idea muy simple: algunos problemas matemáticos son extremadamente difíciles de resolver.
No imposibles. Solo muy lentos. Tan lentos que un ordenador convencional necesitaría miles, millones o incluso más años para encontrar la solución.

Los sistemas de cifrado modernos aprovechan precisamente esa dificultad. Crear una clave de seguridad es relativamente sencillo. Lo complicado es averiguar cuál es sin conocerla previamente.

Por eso, podemos enviar información sensible por internet con cierta tranquilidad. Porque las cerraduras matemáticas que protegen nuestros datos son extraordinariamente difíciles de abrir.
Al menos para los ordenadores actuales.

Imaginemos nuestra casa protegida por una cerradura especial. No existe una única llave maestra. Hay miles de millones de combinaciones de llaves posibles. Un intruso podría intentar abrir la puerta probando una tras otra todas las llaves imaginables. El problema es que tardaría tanto tiempo que el universo probablemente habría cambiado antes de que encontrara la correcta.

Eso es, simplificando mucho, lo que ocurre con gran parte de la criptografía que utilizamos hoy.
La seguridad no depende de que nadie pueda resolver el problema. Depende de que hacerlo resulte harto complicado.

Entonces apareció la computación cuántica

Durante mucho tiempo esa situación pareció estable. Pero hace ya algunas décadas comenzó a surgir una nueva forma de computación. Los ordenadores cuánticos no son simplemente ordenadores más rápidos: funcionan siguiendo reglas distintas.

Muerte a lo binario. En lugar de utilizar bits que solo pueden contener un 0 o un 1, utilizan qubits, capaces de aprovechar fenómenos cuánticos como la superposición o el entrelazamiento.

Lo importante aquí es que estas propiedades permiten abordar determinados problemas matemáticos de una manera completamente diferente. Y algunos de esos problemas son precisamente los que sostienen los sistemas de cifrado actuales.

En 1994, el matemático Peter Shor presentó una idea que cambió la conversación sobre la computación cuántica. Demostró que un ordenador cuántico suficientemente potente podría resolver ciertos problemas matemáticos mucho más rápido que cualquier ordenador clásico conocido.

La noticia fue recibida con enorme interés en la comunidad científica. Por primera vez aparecía un escenario realista en el que algunos de los sistemas criptográficos más utilizados del mundo podrían dejar de ser seguros. Empezaron a temblar algunas rodillas porque, de repente, la computación cuántica dejó de ser solo una cuestión académica. Se convirtió también en una cuestión estratégica.

¿Significa esto que mañana podrán leer nuestros mensajes? No. Los ordenadores cuánticos actuales todavía están muy lejos de tener la capacidad necesaria para romper los sistemas de cifrado que protegen internet. Construir una máquina cuántica realmente útil sigue siendo uno de los mayores desafíos tecnológicos de nuestro tiempo. Los investigadores deben enfrentarse a problemas enormes relacionados con la estabilidad de los qubits, la corrección de errores y la escalabilidad de los sistemas. La amenaza no es inmediata. Pero, ojo, sí es lo suficientemente plausible como para que gobiernos, empresas y organismos internacionales lleven años preparándose.

La criptografía de la era post-cuántica

Cuando una amenaza futura parece inevitable, la mejor estrategia consiste en adelantarse. Eso es exactamente lo que está ocurriendo. En todo el mundo se están desarrollando nuevos sistemas criptográficos diseñados para resistir tanto ataques clásicos como cuánticos. Es lo que se conoce como criptografía post-cuántica.

Diversas instituciones alrededor de todo el mundo llevan años evaluando y seleccionando nuevos algoritmos que podrían convertirse en la base de la seguridad digital de las próximas décadas. Sustituir la infraestructura criptográfica global no es algo que pueda hacerse de un día para otro. Cuanto antes empiece el proceso, mejor preparados estaremos cuando lleguen los ordenadores cuánticos realmente potentes.

Pero la respuesta a la revolución cuántica no consiste únicamente en crear nuevas matemáticas. También consiste en aprovechar la propia física cuántica para proteger la información. Aquí entra en juego una de las tecnologías más fascinantes de este campo: la distribución cuántica de claves, conocida como QKD por sus siglas en inglés.

Su funcionamiento se basa en una idea extraordinaria: si alguien intenta interceptar una comunicación cuántica, la propia observación altera el sistema. La escucha deja huella. Es como si una carta fuera capaz de avisarnos automáticamente de que alguien la ha abierto antes de llegar a su destinatario.

La nueva geopolítica cuántica

La computación cuántica ya no es únicamente una cuestión científica o tecnológica. También es una cuestión de poder. Estados Unidos, China, la Unión Europea y otras potencias consideran las tecnologías cuánticas un área estratégica de primer nivel. La razón es sencilla: quien domine estas capacidades podría obtener ventajas significativas en investigación, industria, defensa, comunicaciones y seguridad.

La carrera cuántica recuerda, en algunos aspectos, a otras grandes competiciones tecnológicas de la historia. Pero esta vez el objetivo no es conquistar el espacio. El objetivo pasa por dominar una nueva forma de procesar, transmitir y proteger la información.

Cuando pensamos en computación cuántica solemos imaginar laboratorios futuristas, tecnologías imposibles o avances científicos difíciles de comprender. Pero una de sus consecuencias más importantes podría ser mucho más cercana a nuestra realidad como ciudadanos.

Podría afectar a la forma en que protegemos nuestras conversaciones, nuestros datos, nuestras transacciones. Todos nuestros secretos.

La revolución cuántica no solo promete transformar la medicina, la inteligencia artificial o la investigación científica. También nos obliga a replantearnos algo que damos por sentado cada día: la seguridad de la información en la que se apoya nuestra vida digital. Por eso, aunque todavía no seamos conscientes de ello, la batalla cuántica por proteger el futuro ya ha comenzado. Y por eso, nos afecta directamente.