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Si algo nos enseña la gestación de Frankenstein, es hasta qué punto los cambios globales originados en una parte del planeta pueden tener consecuencias imprevisibles en el otro extremo. En un momento en el que las repercusiones del cambio climático son algo comúnmente aceptado, saber lo que sucedió en aquel verano de 1816 nos puede dar muchas pistas sobre lo que puede ocurrir.

El 10 de abril de 1815, el volcán Tambora, situado en Indonesia, entró en erupción de una forma explosiva sin precedentes. Ingentes cantidades de ceniza fueron lanzadas a la atmósfera, de tal forma que, cuando el verano del año siguiente Lord Byron invitó a un grupo de amigos, entre los que se contaba Mary Shelley, a Villa Diodati, en Suiza, para pasar el estío, el tiempo era todo menos veraniego: la capa de cenizas tamizaba la luz del sol, que perdía gran parte de su fuerza, y las temperaturas eran anormalmente bajas.

Eso había sucedido a lo largo de toda la primavera: el invierno se había extendido por toda Europa y gran parte de Norteamérica, provocando pérdidas de cosechas y una hambruna generalizada en países como Gran Bretaña, Alemania o la misma Suiza. Como consecuencia, se producían disturbios, y campesinos empobrecidos recorrían los campos mendigando comida.

Tambora

Los efectos no se limitaron sólo a Occidente: China también sufrió la pérdida de gran parte de las cosechas, y el Gobierno ordenó aumentar la superficie dedicada al opio, lo que acabaría teniendo repercusiones en la política y la historia del país en los cien años siguientes. Y en Estados Unidos, la prolongación de las nevadas y el descenso de éstas a latitudes nunca vistas provocó el desplazamiento de un gran número de habitantes hacia el oeste, lo que impulsó la colonización de los territorios en manos de las tribus nativas.

En Alemania, la falta de avena llevó a una alta mortandad entre los caballos, lo que llevó al inventor Karl Drais a idear lo que sería el primer antecedente de la bicicleta, el velocípedo. Y en Inglaterra, un Turner impresionado por la luz de los atardeceres de Londres plasmó en sus cuadros con maestría el aspecto apocalíptico del paisaje.

Joseph Mallord William Turner - El «Temerario» remolcado a su último atraque para el desguace
J. M. W. Turner – El «Temerario» remolcado a su último atraque para el desguace

Aquella noche en la que el grupo de insignes amigos ingleses departieron sobre las posibilidades de la electricidad y la química como vías para crear vida, seguramente el peso psicológico de esa atmósfera tenebrosa terminó calando en ellos. Cuando Byron lanzó la propuesta de pasatiempo de que cada uno de ellos pergeñara una historia de fantasmas, la joven Mary estuvo dándole vueltas a lo hablado entre ellos y terminó soñando una escena de creación de un ser a partir de fragmentos de cadáveres. En ese sueño, los relámpagos y las nubes oscuras constituían el decorado perfecto para el momento de la creación del monstruo.

Así, no es exagerado decir que la última de las consecuencias de aquella formidable erupción fue una de las obras fundamentales de la literatura, una capaz de atrapar nuestros miedos más profundos.

Ilustración de Frankenstein presente en la edición de 1831
Ilustración de Frankenstein presente en la edición de 1831