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Culto al cuerpo, trajes de marca, tarjetas de vicepresidente, ambición y ansias homicidas: American Psycho retrató de forma satírica, primero en la novela escrita por Bret Easton Ellis en 1991 y posteriormente en la película homónima del año 2000 dirigida por Mary Harron, la cultura yuppie estadounidense típica de los ochenta. Para estos jóvenes ejecutivos, estar a la moda y poseer lo último en avances tecnológicos era una regla de oro. No es de extrañar que éstos fueran los primeros en lanzarse a comprar un aparato que recién había salido al mercado con precios prohibitivos y funciones aún escasas, el teléfono móvil. Muy lejos aún de las prestaciones de los smartphone actuales, su enorme y poco duradera batería obligaba a colocar asas en los pesados terminales para favorecer su “movilidad”, o a destinarlos directamente a su instalación en un automóvil.

A pesar de ello, se convirtieron en símbolos de estatus social e iconos de su época. Este es el caso del célebre teléfono HotLine de la casa Ericsson, el cual le debe su fama no tanto al aparato en sí como a la curiosa campaña de publicidad que lo acompañó en su lanzamiento mundial. Su presentación fue, cuanto menos, curiosa. En el otoño de 1989, en el Hotel Sheraton de la ciudad sueca Malmö, las luces bajaron y un foco iluminó una bañera llena de espuma en la que se encontraba sentado un hombre desnudo salvo por un sombrero en su cabeza y un teléfono móvil en su mano. Esta sería la primera vez que los empleados de Ericsson, la prensa y los minoristas conocerían a Harry HotLine, el aventurero que protagonizaría anuncios en televisión, prensa, carteles e incluso tiendas temáticas alrededor del mundo.

Harry HotLine, por supuesto, era un personaje ficticio. En su primera presentación fue encarnado por el director de la división de telefonía móvil de la empresa, Flemming Örneholm, quien ideó toda la campaña junto al gurú de la publicidad Nils Welinder, antes de ser interpretado por el sueco Anders Bergback, que a su vez sería reemplazado por el inglés Deric White. Nuestro aventurero, a medio camino entre Indiana Jones y el protagonista de una novela negra, vivía historias detectivescas y viajaba a lugares exóticos acompañado siempre de su inseparable teléfono móvil. De este modo, los responsables de Ericsson pretendían imbuir al terminal de una sensación de libertad y permanente conexión, a pesar de que en la realidad hubiera sido imposible conseguir cobertura más allá de las principales ciudades y carreteras.

En un principio, el hecho de vender una línea de teléfonos bajo una marca nueva y diferente no convenció a los gerentes de la compañía. Sin embargo, la campaña fue un rotundo éxito en todo el mundo salvo en Venezuela, donde Harry HotLine se asemejaba demasiado a un narcotraficante y fue reemplazado por mujeres atractivas. A pesar de ello, Ericsson tuvo que cesar la producción en 1992 por dos motivos. Por un lado, el nombre HotLine no estaba registrado, lo que derivó en problemas legales que llevaron a la compañía a renunciar al mismo. Además, la telefonía móvil cambió definitivamente al introducirse la tecnología GSM, lo que inauguraría la segunda generación de terminales. Anders Larsson, que trabajó en la campaña HotLine en Suecia recuerda cómo, habiendo contratado ya anuncios en la trasera de autobuses con el nombre del aventurero, tuvieron que cambiar todo el concepto y preguntar a los potenciales clientes si ya poseían “un Ericsson” en una época en la que nadie todavía había llamado a un teléfono así. Terminaba así la vida de una marca icónica de los años ochenta, mientras se abría otra muy distinta para Ericsson, si bien esa es una historia diferente.