Por Marta Handenawer, directora creativa en Domestic Data Streamers.
¿Qué nos puede decir el arte contemporáneo sobre el derecho a la privacidad?


Por Marta Handenawer, directora creativa en Domestic Data Streamers.
Hablar hoy de privacidad es hablar de una ficción frágil. Por eso, en la exposición Hoy es un buen día para hablar de derechos digitales, no nos interesa tanto defender la idea de una intimidad perdida como evidenciar las condiciones bajo las cuales aceptamos que desaparezca. El arte contemporáneo no viene a tranquilizarnos: viene a incomodarnos, a mostrar que el derecho a la privacidad no se vulnera solo cuando se viola, sino también cuando se normaliza su erosión.
En A Thousand Little Brothers, Hassan Elahi responde a la vigilancia estatal con una estrategia extrema: mostrarlo todo. Su obra plantea una pregunta incómoda: ¿qué sentido tiene la privacidad cuando la sospecha es permanente? La sobreexposición se convierte aquí en una forma de resistencia irónica, pero también en la prueba de que el control no necesita secretos, solo datos. ¿La privacidad deja de ser un derecho cuando la transparencia se convierte en una obligación?

The Follower, de Dries Depoorter, desplaza el problema hacia la automatización. Nadie decide vigilar, nadie asume la responsabilidad: el sistema sigue, observa, registra. Esta obra evidencia que el verdadero peligro no es solo ser observado, sino no saber quién mira ni con qué intención. Así, la privacidad se diluye cuando la vigilancia se vuelve invisible y eficiente.

Por último, Forgot Your Password de Aram Bartholl introduce un gesto casi absurdo: sacar las contraseñas del espacio digital. Pero ese absurdo revela algo esencial. Confiamos nuestra intimidad a sistemas que no comprendemos, protegemos nuestra identidad con rituales débiles, repetidos, automáticos. La pieza inicia una reflexión sobre el momento en el que la privacidad se convierte en una ilusión de seguridad.
La privacidad es un territorio en disputa. No es un espacio que se protege cerrando puertas, sino una relación que se redefine constantemente entre cuerpos, tecnologías y poder. Las obras de esta exposición no denuncian desde fuera: operan desde dentro del sistema, usando sus mismas lógicas para exponer sus fallas.
Quizá el derecho a la privacidad ya no consista en ocultar información, sino en decidir cómo, cuándo y para quién somos visibles. El arte no nos devuelve la intimidad perdida, pero sí nos ofrece algo igualmente valioso: la posibilidad de dudar, de resistir la normalización de la vigilancia y de imaginar otras formas de estar presentes sin ser completamente legibles. Quizá en esa grieta incómoda e inestable, el derecho a la privacidad sigue siendo pensable.

No te pierdas la exposición Hoy es un buen día para hablar de derechos digitales en la planta cuarta de Espacio Fundación Telefónica. Abierta hasta el 3 de mayo de 2026.
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