12.11.2015

El ingenioso inventor Isaac Peral y Caballero

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Mis esperanzas nacen de mi convencimiento fundado en razones científicas“, Isaac Peral


Son muchas las fuentes autorizadas que aseguran hoy en día y de forma firme que el submarino de Isaac Peral pudo cambiar el rumbo de la historia. Que la Armada española no hubiera perecido en la bahía de Manila durante la guerra Hispano- Estadounidense en ese desastre de 1898; que Cuba o Filipinas seguirían siendo hoy colonias españolas si se hubiera contando con el fascinante prototipo del ingeniero cartagenero.

El hecho tangible es que Peral inventó el primer submarino de propulsión eléctrica capaz de lanzar torpedos en 1888 décadas antes de que se convirtiera en la gran arma del siglo XX. Un barco que debía sumergirse hasta una profundidad de treinta metros, lanzar torpedos y llevar a cabo todas las maniobras consiguientes al ataque y a la defensa. Esta es la historia de un gran éxito y un gran complot.

Marino, científico, inventor

Isaac Peral y Caballero nació en 1851 en Cartagena (Murcia), donde estaba destinado su padre, capitán de Infantería de Marina. Su pasión natural fue, claro, el mar y a la temprana edad de 14 años ingresó en el Cuerpo General de la Armada, un cuerpo de élite al que se reservaba el mando de los buques de la flota. La Armada contaba entonces entre su plantilla con una sección de notables científicos, hombres enormemente cualificados que aseguraran el progreso técnico de la Marina. Un plantel de prestigio entre los cuales destacó siempre Isaac Peral.

A lo largo de su carrera militar el marino, científico (físico-matemático) e inventor español navegó nada menos que en 32 buques: de sus 25 años de servicio, 16 los pasó embarcado.

Y es que Peral fue, desde luego, uno de los máximos exponentes de las ciencias españolas en el siglo XIX: publicó trabajos sobre álgebra, geometría y huracanes, elaboró cartas hidrográficas, y fue el padre de inventos tan importantes e ingeniosos como el acumulador eléctrico, la ametralladora eléctrica, el varadero de embarcaciones, el ascensor eléctrico, incluso de los primeros tendidos de red eléctrica de España.

Por fin, la botadura

La idea de la navegación submarina me preocupa desde hace ocho años; pero no presenté los proyectos al ministerio hasta septiembre de 1885, a raíz de los sucesos de las Carolinas. Entonces pocos creerían viables mis planes y hallé dificultades para resolverlo”, Isaac Peral en declaraciones a El Imparcial, 2 de marzo de 1889

Sí, un enfrentamiento con Alemania por la posesión del archipiélago de Las Carolinas amenazaba con llevar a España a la guerra. La tensión era creciente y el inventor se sintió en el deber de poner en conocimiento de sus superiores y del gobierno sus planes de diseño de un submarino torpedero. El entonces ministro de Marina, Manuel de la Pezuela acoge con gran interés el proyecto, dictando órdenes para que se efectuaran pruebas preliminares y declarando el asunto alto secreto militar. Un gran éxito.

A partir de aquí, la historia es una sucesión de complots, zancadillas y sabotajes. Nuevos ministros poco afines (y celosos) aplazan y suspenden pruebas fundamentales para la viabilidad del proyecto. Será la intervención personal de la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena a favor de Peral lo que acelera la fabricación del submarino. “Quiero que las pruebas del barco sean determinantes y completas. No tengo ningún propósito fantástico de los que se me atribuyen. Mis esperanzas nacen de mi convencimiento fundado en razones científicas“, Isaac Peral respondía así a un periodista de la época.

El 8 de septiembre de 1888 una multitud se congregaba en el Arsenal de La Carraca (Cádiz) para ver como el submarino era botado al agua, conscientes de que su éxito lo era también el de la Armada española. La nave —que costó 300.000 pesetas— consigue flotar. Aseguran las crónicas del día que los testigos enmudecieron de asombro.

Sin duda, la botadura en Cadiz del submarino Peral fue el evento más importante que tuvo lugar en España el último tercio del siglo XIX.

Intrigas y descrédito

El submarino Peral incorporaba elementos increíblemente novedosos y que luego han introducido todos los modelos posteriores: propulsión eléctrica, tubo lanzatorpedos, periscopio, aguja compensada…

Así describía en 1889 el inventor su invento: “el submarino, ya terminado, tiene 87 toneladas, motores eléctricos de fuerza de 60 caballos efectivos y energía eléctrica para conseguir una velocidad calculada en 10 millas por hora durante una marcha de 50 horas y asegurada la respiración de ocho tripulantes por igual espacio de tiempo. En estas condiciones, el radio de acción resulta de 300 millas sin emplear la máxima velocidad, lo que asegura el viaje de ida y vuelta al Estrecho”. En los meses siguientes el submarino realizó una inmersión, siguió el rumbo fijado, lanzó torpedos…

Por desgracia, desde el inicio de sus trabajos se venía tejiendo en contra de Isaac Peral un denso complot que acabaría por destruir su legado. El 4 de octubre de 1890 sale a la luz un sospechoso y ambiguo informe técnico redactado por cauces no habituales que descalifica las capacidades del inventor y juzga técnicamente su obra considerándola una curiosidad técnica sin mayor trascendencia. A pesar de que las maniobras emprendidas fueron un éxito, el Gobierno cancela finalmente el proyecto.

“Ofrecí al Gobierno mis ideas y se me han inferido agravios que no creo haber merecido como premio a mis modestos, pero leales servicios”, escribió el ingeniero. Peral pidió la baja de la Marina el 11 de noviembre de 1890 y pasó a la vida civil. El submarino quedó olvidado en el arsenal de La Carraca. No volvió a navegar.

Isaac Peral siguió inventando y fundó varias empresas para explotar sus patentes eléctricas. Murió prematuramente en Berlín en 1895 mientras era tratado de un cáncer de piel.
Sin duda el cartagenero fue un personaje fascinante, un hombre con fe ciega en la ciencia y en el progreso. Peral consiguió triunfar con su prototipo de submarino allí donde solo la literatura de Julio Verne en sus ‘20.000 leguas de viaje submarino’ había logrado hacerlo. El ingeniero hizo realidad el sueño del escritor francés.

Julio Verne. Los límites de la imaginación es la exposición que recorre el universo verniano en el Espacio Fundación Telefónica del 6 de noviembre de 2015 al 21 febrero de 2016 y que trata sobre las fronteras, a veces invisibles y no siempre necesarias, entre ficción y realidad.

Comisariada por María Santoyo y Miguel Ángel Delgado, la muestra propone una revisión del mítico autor a través de un fascinante viaje por sus personajes y sus invenciones, por el mundo que le rodeó y, sobre todo, por el mundo que inspiró. Una evocadora y original revisión de una de las grandes figuras de la literatura universal.

Por Adriana Herreros