17.10.2018

El avance hacia la robotización emotiva

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Andrés Ortega es el comisario de la muestra ‘Nosotros, Robots’ y además es periodista y analista. En este artículo escribe sobre la capacidad empática de los robots, así como su hipotética capacidad emocional y moral.

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Uno de los robots de la expo 'Nosotros, Robots'.
Uno de los robots de la expo ‘Nosotros, Robots’.

Debemos aprender a colaborar con los robots para sacarles todo el provecho que podamos, sí, pero ellos deben aprender a colaborar con los humanos, unos humanos que a menudo responden no solo a la razón o capacidad de cálculo, sino a su intuición, normas culturales o emociones y sentimientos, o a un “sentido común” que es difícil de codificar en las máquinas y que va más allá de las tres (en realidad cuatro) leyes de la robótica que acuñó Isaac Asimov. De hecho, han empezado a hacerlo. Los robots empáticos se multiplican. La robotización emotiva ya está con nosotros para generar relaciones más humanas con estos dispositivos.

Muchos robots se han hecho cada vez más empáticos para atraer la atención y la simpatía de los humanos. Es fruto del diseño exterior, esencial, más también de su programación. No necesariamente son humanoides – Aibo o Paro no lo son y son muy empáticos-, e incluso algunos humanoides, por ejemplo del profesor Hiroshi Ishiguro, de la Universidad de Osaka; o de la empresa Hanson Robotics, no están diseñados para empatizar sino para interesar e incluso para que el humano se descubra a sí mismo a través de esta relación. También se está investigando cómo trasladar la idea de inteligencia emocional, o al menos elementos de ella, a la programación de la inteligencia artificial, y, por tanto, de los robots.


“¿Por qué no vamos a ser capaces de tener una relación emocional, o incluso sentimental, con algunas máquinas?”

 


El japonés, Takanori Shibata, empezó en 1993 a desarrollar Nuka, (en España, Paro) un robot foca bebé de peluche, que desde entonces se ha convertido en “el robot más terapéutico del mundo”. Es utilizado para tratar emocionalmente, en vez de con psicotrópicos, a personas de edad avanzada aquejadas de demencia senil o de Alzheimer, enfermos terminales de cáncer con cuidados paliativos, y también para niños con problemas como el autismo. Es resultado de la combinación de la robótica, la psicología y la neurología. Sony a su vez desarrolló entre 1999 y 2005 varias versiones de su robot canino Aibo, que también despierta la atención y la ternura de los humanos con los que interactúa, y también se puede usar para fines terapéuticos. Lo retomó a partir de 2018 con un nuevo modelo que incorpora el aprendizaje computacional (machine learning) que lo hace natural e intuitivo. Cada unidad logra así una “personalidad” única.

Algunos de los robots que pueden verse en la muestra 'Nosotros, Robots'.
Algunos de los robots que pueden verse en la muestra ‘Nosotros, Robots’.

Los robots, a través del reconocimiento facial, de gestos o de voz, pueden aprehender nuestras emociones. Lo que no significa que las entiendan, pero sí que pueden interactuar con los humanos como si las entendieran. En todo caso, las procesan. ¿Por qué no vamos a ser capaces de tener una relación emocional, o incluso sentimental, con algunas máquinas? De hecho, una investigación de la Universidad de Stanford ha concluido que las personas pueden experimentar sentimientos de intimidad hacia la tecnología. La emoción y los sentimientos son también una forma de comunicación, y la comunicación es esencial para la robótica a la hora de interactuar con los humanos.


“Los androides pueden expresar emociones que parezcan humanas”, asegura Ishiguro. La clave está en que “parecer” no es lo mismo que “ser'”

 


Naturalmente, como en tantas cosas humanas, se plantea la cuestión del sexo con robots que en algunos casos empieza a ser una realidad. Según un estudio del Centro Pew de Investigación sobre Opinión Pública, en EEUU, “los compañeros robóticos para el sexo se convertirán en algo común, aunque esto provoque repugnancia y división de opiniones”.

Nosotros, humanos, experimentamos el mundo a través de nuestros cinco sentidos, y a través de la razón y las emociones. ¿Podrán los robots llegar a tener emociones? Es un debate más de cara al futuro lejano que al presente y que puede llevar, como ha apuntado el Parlamento Europeo, a tener que plantear derechos para estas máquinas en un horizonte aún muy incierto.  “Los androides pueden expresar emociones que parezcan humanas”, asegura Ishiguro. La clave está en que “parecer” no es lo mismo que “ser”.

De momento, nada parece indicar que las máquinas sean capaces de amar, un concepto demasiado complejo para formalizar. En cuanto a la idea de muerte, sí puede acabar no siendo ajena a los robots y de las máquinas con inteligencia artificial avanzada. El acto de ser desenchufadas, u otra situación en la que ya no puedan cumplir la tarea para la que han sido programadas, les puede hacer perder su “objetivo final”, como ha señalado el ingeniero del MIT Eduardo Castelló.


La programación puede a menudo reflejar la moral, los prejuicios y la cultura de los programadores'”

 


Hay otra dimensión en los robots que importa a los humanos. Y es la moral. ¿Pueden las máquinas llegar a tener o a actuar de forma moral? Posiblemente la que se le programe, en la medida en que avanza este tipo de programación, ya este respecto cabe señalar que las leyes de Asimov son utilitarias, no morales. Pero esta programación moral será muy importante, para casi toda su actividad, y en especial cuando se trate de máquinas militares con un alto grado de autonomía. Ahora bien, la programación puede a menudo reflejar la moral, los prejuicios y la cultura de los programadores. La inteligencia artificial tiene aún un poso muy humano. De momento, algunos científicos e ingenieros se están esforzando en dotar a las máquinas, a la inteligencia artificial, de motivaciones, o al menos intenciones propias. Puede ser un primer paso hacia las emociones. Aunque lo que nos importa es que las máquinas sepan captar nuestras emociones y responder a ellas. Y eso se están dando avances importantes.

Por Andrés Ortega.