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El Edificio Telefónica de Madrid, construido de 1926 a 1929 y conocido aún hoy en día como “la Telefónica”, se ha convertido en un icono de la capital, protegido y admirado a partes iguales. A los inicios de su edificación se remontan los comentarios de asombro y fascinación, pero también aquellos que expresaban una firme oposición a este primer rascacielos de España.

Las opiniones más positivas partían de la sorpresa y la emoción frente a la rapidez con la que estaba cambiando el perfil de la ciudad. Ramón Gómez de la Serna mencionó el inesperado ritmo al que se erigió el esqueleto del edificio en su obra Elucidario de Madrid:

“Como floración que el sol del verano alienta y fecunda, el edificio de la Telefónica se adorna todos los días con un nuevo piso de ramaje de hierro, apareciendo esa gran araucaria japonesa que es como esqueleto de pagoda en toda construcción moderna”

Para el escritor este edificio era una adición “potente” al panorama arquitectónico madrileño:

“La casa estrecha de Teléfonos fue la última que se perdió de cuando la Puerta del Sol era plaza de pueblo. ¿Quién iba a decir que de madre tan flaca saliese hijo tan potente como el rascacielos de la actual Telefónica?”

  • Instalación de grúas para elevar piedras para la colocación de las sillerías de la fachada de Fuencarral (1927) / Archivo histórico fotográfico de Telefónica

  • Colocación de una jácena en el chaflán de Fuencarral (1927) / Archivo histórico fotográfico de Telefónica

  • Vista general de la estructura metálica terminada (1927) / Archivo histórico fotográfico de Telefónica

  • Perspectiva de la medianería vista desde la calle Fuencarral (1928) / Archivo histórico fotográfico de Telefónica

  • Vista de la Gran Vía desde los últimos tablones del andamiaje del torreón (1928) / Archivo histórico fotográfico de Telefónica

  • Vista del edificio completado / Archivo histórico fotográfico de Telefónica

  • Vista del edificio completado / Archivo histórico fotográfico de Telefónica

Sin embargo, otros no veían esa potencia como algo positivo. En 1929 se publicaba en el ABC un artículo de carácter humorístico titulado ‘Observaciones y consideraciones de un suicida fracasado’. Su protagonista, asomado a la azotea de la Telefónica, se preguntaba:

“Y, finalmente, si vivimos bajo el cielo más maravilloso del mundo, ¿qué necesidad tenemos de rascarlo?”

Muchos preferían un cielo madrileño inmaculado, consideraban que la Telefónica era una obra invasiva, excesiva. Se comentaba, por ejemplo, que la sombra que ésta iba a proyectar privaría a las calles y edificios colindantes de los beneficiosos rayos solares. Pensar que Madrid pudiese llegar a convertirse en Nueva York asustaba a más de uno, como demuestran las impresiones publicadas por un periodista en La Vanguardia tras un viaje a los Estados Unidos en 1929:

“Lo único que sí afirmo de manera rotunda, es que en las ciudades, en las grandes ciudades norteamericanas, […] desaparece la relación de proporcionalidad a que en Europa estamos acostumbrados; el hombre en ellas se convierte en hormiga. […] En una palabra: la ciudad americana parece hecha para albergar gigantes y no a los mismos hombres que vemos en Europa. Cuando uno penetra en una calle angosta, cuyas edificaciones se elevan a izquierda y derecha a gran altura haciendo de ellas lo que los yanquis llaman un «cañón», abrumando al espíritu con la magnitud de su línea vertical, el hombre queda reducido a un pigmeo”

Madrid no llegó a convertirse en Nueva York, y el Edificio Telefónica mantuvo el título de construcción más elevada de la capital durante 24 años. Hoy, con sus 89 metros de altura, no puede competir con los 249 de la Torre de Cristal, pero sigue siendo sin duda uno de los perfiles más icónicos de la ciudad.

Si quieres saber más sobre “la Telefónica” te interesarán nuestras antiguas entradas ‘Un icono de la Gran Vía en cinco imágenes’ y ‘El Edificio Telefónica y la Guerra Civil’, así como el material generado a partir de la exposición sobre su arquitecto, Ignacio de Cárdenas.