Átomo
El átomo es la unidad básica de la materia. Todo lo que existe —desde la mesa del comedor hasta nuestro propio cuerpo— está formado por átomos.
Durante siglos, los científicos creyeron que el átomo era la partícula más pequeña posible, algo así como una bolita indivisible. Esa fue la idea que defendió Dalton en 1808. Casi un siglo después, Thomson la matizó: según él, el átomo era una esfera de carga positiva con electrones incrustados dentro, como las pasas en un bizcocho —de hecho, a su modelo se le llamó el “pastel de pasas»”. Pero en 1911, Rutherford lo cambió todo al demostrar que los electrones no estaban incrustados, sino que orbitaban alrededor de un núcleo central, como los planetas alrededor del Sol. Poco después, en 1913, Bohr refinó esa imagen y propuso que esos electrones no se movían de cualquier manera, sino en niveles de energía concretos y bien definidos.
Hoy sabemos que en el interior del átomo hay un núcleo —formado por protones y neutrones, que a su vez están compuestos por partículas aún más pequeñas llamadas quarks— y que alrededor de ese núcleo se mueven los electrones. La física cuántica estudia cómo se comportan todas estas partículas.
Y si te preguntas qué aspecto tendría todo esto a gran escala: imagina que pudieras ampliar un objeto cotidiano hasta una escala gigantesca. Descubrirías que no es tan sólido como parece. El 99,999999999999 % de un átomo es espacio vacío. Si sus partículas internas midieran un centímetro, el átomo en su conjunto sería más grande que treinta campos de fútbol. La materia, en realidad, es casi todo vacío.
Cuanto
Un cuanto es la cantidad mínima en la que se puede intercambiar la energía.
Imagina que estás en una habitación completamente a oscuras. Enciendes una linterna y haces señales: encendido, apagado, encendido. No puedes emitir “medio destello”. O hay luz, o no la hay. Lo mínimo es ese destello.
En el mundo cuántico, la energía funciona de una forma sorprendentemente parecida: no fluye de manera continua, sino en pequeños paquetes indivisibles.
Superposición
La superposición es la propiedad que permite a un sistema cuántico estar en varios estados al mismo tiempo. Como el gato de Schrödinger, dentro de la caja. O como el amigo de Peret, que estaba muerto y de parranda.
Imagina un cubilete con un dado. Lo agitas y lo pones boca abajo. El sentido común nos dice que el dado ya marca un número concreto, aunque no podamos verlo. La física cuántica, en cambio, nos dice que mientras el cubilete lo tapa, el dado marca todos los números a la vez. Solo cuando lo levantas y miras, el dado «elige» uno. Lo mismo con un interruptor de luz: en el mundo cuántico no está ni encendido ni apagado, sino en ambos estados a la vez. Solo cuando intervenimos, cuando medimos, cuando abrimos la caja del gato o cuando nos pasamos por el velatorio de Blanco Herrera para ver si está allí o no, el sistema se decide por uno.
Y lo que decide cuál de todas las posibilidades sobrevive no es ningún criterio lógico: es puro azar.
Colapso de la función de onda
El colapso de la función de onda es el proceso mediante el cual, al medir un sistema cuántico, este pasa de ofrecer múltiples posibilidades a un único resultado. Antes de la medición, una partícula puede estar en varios estados a la vez. Después de la medición, solo en uno.
Coge la baraja del cajón y ponla sobre la mesa, completamente mezclada boca abajo. Todas las cartas son posibles hasta que eliges una y la giras. En ese instante, en cuanto la carta es “medida” y observada, todas las demás posibilidades desaparecen y queda solo una realidad concreta.