05.05.2026

Biografías cuánticas: Los fundadores

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A finales del siglo XIX, la física parecía un edificio terminado. Las leyes de Newton explicaban el movimiento de los planetas; las de Maxwell, la naturaleza de la luz. La ciencia clásica había respondido tantas preguntas que pudo parecer que quedaba poco más por hacer. Sin embargo, persistían ciertos flecos molestos —detalles que no cuadraban, anomalías que no encontraban una explicación completa— y que pronto actuarían como grietas en los cimientos.

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Entre 1900 y 1935, en apenas tres décadas de vértigo intelectual, un grupo de mentes extraordinarias replanteó ese edificio para construir algo nuevo, extraño y, en cierta medida, sensiblemente contraintuitivo. No fue el resultado de hallazgos aislados en laboratorios solitarios: fue una construcción colectiva, un diálogo constante (¡y, a menudo, tenso!) entre Berlín, Copenhague y Göttingen, donde los descubrimientos de unos servían de impulso para los siguientes y la crítica era tan fértil como la colaboración.

En el centro de esta historia late un debate sobre algo más grande que las ecuaciones: la naturaleza misma de la realidad. Mientras algunos buscaban preservar el orden y la predictibilidad del mundo clásico, otros descubrieron que la naturaleza, a escala subatómica, se rige por la probabilidad y la incertidumbre. Lo que construyeron juntos es hoy una teoría precisa, verificada. Y, a la vez, el fundamento invisible sobre el que descansa casi todo lo que llamamos mundo moderno.

Decía Niels Bohr que «si la física cuántica no te ha impactado profundamente, es que todavía no la has entendido». Aquí va una primera entrega de las biografías de esos investigadores, unas historias que te harán entender mejor la física cuántica.

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Albert Einstein (1879–1955)

Ilustración de Albert EinsteinHay nombres que se convierten en iconos culturales. Einstein es uno de ellos. Nacido en la ciudad alemana de Ulm, desde joven mostró una capacidad inusual para hacerse preguntas que otros ni siquiera consideraban. ¿Qué vería alguien si viajara montado sobre un rayo de luz?

En 1905, con apenas 26 años y trabajando como funcionario de la Oficina de Patentes de Berna, publicó cuatro artículos que transformaron la física. Entre ellos, estaba su explicación del efecto fotoeléctrico. La luz, proponía Einstein, no es solo una onda continua, sino que viaja en paquetes de energía llamados fotones. Esta idea abría la puerta a la física cuántica y le valió el Premio Nobel en 1921.

A lo largo de su vida, Einstein mantuvo una relación tensa y fascinante con la mecánica cuántica. Aunque contribuyó decisivamente a su nacimiento, nunca aceptó del todo su carácter probabilístico. «Dios no juega a los dados», decía. Sus célebres debates con Niels Bohr no fueron solo disputas científicas: fueron también una búsqueda mucho más profunda, casi filosófica sobre qué significa conocer la realidad.

Más allá de la ciencia, Einstein fue un hombre comprometido con su tiempo: defensor del pacifismo y la cooperación internacional en un siglo marcado por dos guerras mundiales y la amenaza nuclear.

Niels Bohr (1885–1962)

Ilustración de Niels BohrSi hubiera que elegir a una sola persona que dio forma a la mecánica cuántica tal como la conocemos, esa persona sería Niels Bohr. Nacido en Copenhague en una familia de intelectuales, creció en un ambiente culto que estimuló su capacidad de pensar de manera disruptiva.

Su gran aportación inicial fue un modelo del átomo que introducía algo revolucionario: los electrones no pueden ocupar cualquier posición alrededor del núcleo, sino solo ciertos niveles energéticos bien definidos. Cuando saltan de uno a otro, emiten o absorben luz de colores precisos. Así se explicaban los espectros de los elementos, un misterio que llevaba décadas sin respuesta.

Pero Bohr fue mucho más que un modelo. Desarrolló el principio de complementariedad: los fenómenos cuánticos pueden mostrar propiedades aparentemente contradictorias —comportarse como onda o como partícula— según cómo los observemos. No hay una sola realidad fija esperando ser descubierta. Depende de las preguntas que hagamos.

Su Instituto de Física Teórica en Copenhague se convirtió en el epicentro de la primera revolución cuántica. Heisenberg, Pauli, Dirac… todos los «galácticos» pasaron por allí. Durante la Segunda Guerra Mundial colaboró brevemente en el Proyecto Manhattan, aunque posteriormente dedicó sus esfuerzos a abogar por el control internacional de la energía atómica.

Werner Heisenberg (1901–1976)

Ilustración de Werner HeisenbergWerner Heisenberg tenía 23 años cuando se retiró a la pequeña isla de Helgoland, en el Mar del Norte. Quería escapar de la fiebre del heno y, sobre todo, concentrarse en un problema que le obsesionaba: cómo describir matemáticamente el comportamiento de los átomos. Lo que surgió de ese aislamiento fue la mecánica matricial, la primera formulación rigurosa y completa de la mecánica cuántica.

Pero su legado más célebre llegó poco después: el principio de incertidumbre. No es posible conocer simultáneamente con precisión absoluta la posición y el momento de una partícula. No se trata de una limitación de nuestros instrumentos y herramientas de medición. Es la naturaleza misma la que se niega a ser completamente predecible. El determinismo clásico quedaba cuestionado para siempre.

Heisenberg era un hombre de contradicciones. Brillante y apasionado por la física, también fue una figura controvertida por su papel en la Alemania nazi: dirigió el programa nuclear alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Lo curioso es que aún sigue abierto el debate histórico sobre si saboteó deliberadamente ese programa o simplemente fracasó.

Con todo, su obra trasciende esa sombra. El principio de incertidumbre es uno de los pilares sobre los que se asienta nuestra comprensión moderna del universo.

Lise Meitner (1878–1968)

Ilustración de Lise MeitnerLise Meitner descubrió la fisión nuclear. Y no recibió el Nobel.

Nació en Viena en una familia judía y tuvo que enfrentarse a un buen puñado de obstáculos para convertirse física. Ser mujer en una academia que le cerraba puertas y trabajar durante años sin salario ni reconocimiento oficial. Junto a Otto Hahn, investigó durante décadas los fenómenos de la radiactividad en Berlín, construyendo uno de los equipos científicos más reseñables de su tiempo.

En 1938, la ascensión del nazismo la obligó a huir de Alemania. Desde Suecia, recibió una carta de Hahn describiendo un resultado experimental sorprendente. Al bombardear uranio con neutrones, aparecían elementos mucho más ligeros. Meitner lo vio con claridad: el núcleo del uranio se había partido en dos. Paseando por el bosque nevado con su sobrino Otto Frisch, calculó la energía liberada mediante una ecuación que puede que te suene: E=mc². Lo llamaron fisión nuclear. Tras ese descubrimiento, el Premio Nobel de Química de 1944 fue a parar exclusivamente a Hahn. Einstein la llamó «nuestra Marie Curie».

Lise Meitner rechazó participar en el desarrollo de la bomba atómica y defendió siempre el uso responsable del conocimiento científico.

Emmy Noether (1882–1935)

Ilustración de Emmy NoetherEmmy Noether no descubrió partículas ni construyó experimentos. Lo que hizo fue algo mucho más importante: encontrar la estructura matemática que da sustento a las leyes del universo.

La científica nació en Erlangen, Alemania, en una familia de matemáticos, así que el origen ya apuntaba a destino. Tuvo, como Lise Meitner, que luchar contra las restricciones académicas que se imponían a las mujeres. Durante años trabajó en la Universidad de Göttingen sin cobrar un salario. Ni siquiera podía dar clases a su nombre.

A pesar de todo, su obra fue monumental. Revolucionó el álgebra abstracto y enunció el teorema que lleva su nombre y que dice que toda simetría en las leyes de la física corresponde a una cantidad conservada. Si las leyes son las mismas hoy que mañana, la energía se conserva. Si son las mismas aquí que allí, el momento lineal se conserva. De una sola idea brota la arquitectura de toda la física moderna.

Einstein la describió como el genio matemático más significativo que había producido la educación superior. Es, sin más, una de las mentes más brillantes de la historia de la ciencia.

En colaboración con:

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